El cambio es lo único que permanece.


El cambio ha venido para quedarse y las emociones juegan un papel crucial en cómo lo abordamos.


Las empresas al igual que las personas viven en permanente transformación. Por lo tanto, los profesionales tenemos que adaptarnos a vivir escenarios de incertidumbre y continuamente salir de nuestra zona de confort. Para conseguir esa adaptación es importante comprender cómo nos afecta ese cambio y así poder orientar nuestra gestión del mismo.


Buena parte de la complejidad en esta gestión del cambio se debe a cómo reaccionan las personas ante esa transformación, sobre todo en su parte emocional. Esto afecta a la empresa en su conjunto que, generalmente hasta que se pone en movimiento adaptándose al cambio, pasa por diferentes fases que van desde la negación al movimiento, pasando por la ira, la negociación, la resignación y la aceptación.


Estas fases describen el comportamiento emocional de la organización, proceso sistémico que produce estrés organizacional. Y hacen necesario gestionar esos tiempos de forma adecuada y conseguir minimizar las pérdidas de rendimiento y productividad que se producen en estas situaciones.


Este proceso no se produce de manera lineal en toda la organización a la vez, sino que dependiendo del nivel jerárquico, la información y la propia afectación del cambio se suceden en momentos diferentes. Lo que hace aún más compleja esta gestión del cambio porque en un mismo momento conviven profesionales que se encuentran en diferentes fases de aceptación del mismo.


Las personas conforman las empresas y éstas terminan siendo seres vivos.



El proceso de cambio es un proceso fractal donde el factor humano es parte fundamental. De su buena gestión dependerá el éxito o fracaso del proceso.


¿Te apuntas al cambio?