¿Estamos enfermos?


En el último siglo se ha operado un cambio en el modelo moral para evaluar el comportamiento de las personas, se ha pasado de un modelo de vicios y virtudes a un modelo psicológico, este es el modelo de salud y enfermedad.


Desde mediados del siglo XIX, la categoría de “enfermedad mental” fue utilizada frecuentemente con fines normalizadores para excluir y segregar aquello que no respondiera al paradigma ético y político de las clases dominantes. El científico decimonónico quiso diferenciarse del oscurantismo religioso sustituyendo la noción de pecado por la de “enfermedad mental”. La búsqueda de diagnósticos mentales sustituyó el juicio de valor religioso-moral por un juicio de valor medicalizado.


Esto nos llevaría a tener que analizar el impacto que tiene en el carácter de las personas el hecho de vivir en una sociedad que tipifica fenómenos propios de la vida como patológicos. Por ejemplo, sentir tristeza rápidamente se convierte en ser depresivo, el sufrimiento ha pasado a considerarse una enfermedad,… y en vez de analizar nuestros problemas y hacerlos frente pasamos a tomar antidepresivos. Por ello se hace necesario observar el aumento del uso de medicamentos en nuestra vida ¿de qué modo para mantener su enorme crecimiento de los últimos años, la industria de la salud debe tratar cada vez más a personas sanas?


“Evita la filosofía en esta vida y en lugar de ello busca la receta oportuna”.



La práctica filosófica responde a una necesidad de nuestra sociedad creada, en parte, por el debilitamiento de la religión establecida, por el cambio operado en el modelo moral. Las cuestiones existenciales y espirituales pertenecen a la ética, área de la filosofía que intenta responder a la pregunta ¿cómo deberíamos vivir?


“De un modo general, la literatura del siglo XX es esencialmente psicológica. Describe los estados del alma sin ninguna discriminación de valor, como si el bien y el mal fueran externos a ella, como si el esfuerzo en pos del bien pudiera estar ausente en el pensamiento de cualquier hombre.”
Simone Weil