¿Sabemos dialogar?


Diálogo es el hecho de hablar entre dos o varias personas para buscar una misma verdad. No me refiero a una mera conversación en que con frecuencia cada intervención es un monólogo y el diálogo se convierte en la sucesión de monólogos.


La voluntad de dialogar nos exige estar dispuestos a cuestionarnos nuestros puntos de vista, a ponernos en el lugar del otro, a reconocernos el derecho a pensar de forma libre y autónoma, a buscar un espacio común donde comenzar la investigación. Nadie impone al otro su criterio, sino que todos colaboran en un proceso conjunto de búsqueda de la verdad, no hay sumisión a ninguna autoridad externa. Gracias a su sincero esfuerzo, los interlocutores descubren por sí mismos, y en sí mismos, una verdad independiente de ellos.


El diálogo tiene la virtud de aunar lo abstracto y lo concreto, es decir, la de ir pasando de experiencias particulares (concreto) a experiencias universales (abstracto) y de estas otra vez a lo concreto. Permite ampliar nuestro abanico de posibilidades, desarrollar el propio pensamiento y probar la veracidad de nuestras ideas.



Un auténtico diálogo requiere, también, saber escuchar, y para ello es necesario parar nuestro diálogo interno y abrir nuestra atención a las palabras del otro: escucha atenta y respetuosa. Como decía Marco Aurelio “acostúmbrate a estar bien atento a lo que dice el otro, y en la medida de lo posible, penetra en el alma del que habla”


“El diálogo filosófico no se subordina de forma instrumental a un objetivo distinto de sí mismo (…). La comprensión y la auto conciencia crecientes que proporciona el diálogo filosófico son tanto el medio como el fin. Ambos coinciden porque es una característica del ser humano que su mejora y su desarrollo personal vayan de la mano de su creciente autoconocimiento profundo”.
Mónica Cavallé